Es natural que desde niño tenga en la lista de personalidades de la historia bíblica a los más sabios y los más fuertes (sí, crecí en la iglesia). David por lo de Goliat; Sansón por despiadado; Noe por el arca; Moisés por el mar y la zarza; Daniel por los leones.
Es que el poder de vencer, la fuerza de conquistar, el sentimiento de los visionarios, el impacto de ser líder de un pueblo entero, el ajusticiar por defender lo tuyo, son parte de un listado de seductores. Son marcadores de la historia en proceso, necesarios para las crónicas que leen nuestros sucesores. Para uno de hombre son parte esencial de los deseos del desarrollo nuestra hombría. Soñamos con eso desde que somos recien nacidos. Quién no quisiera ser invencible, líder o visionario…
Sin embargo, mientras más creo avanzar en el camino, empiezo a apreciar otras cosas.
Mi capa de superman se rompe; el traje y la corbata se vencen. Mis defensas caen… Los ojos se cierran… mis 101 principios de liderazgo enmudecen y mis metas a largo plazo corren en dirección opuesta… Es que ahora sólo quisiera ser aquella mujer…
Antes que igualar a los grandes líderes, sólo quiero besar sus pies, arrodillado ante su presencia.
En silencio, arrodillarme y sin preguntar si es correcto, derramar mi alma ante los pies del Salvador. Eso hizo la mujer de Lucas 7. Hay algo detrás de esa historia. Ella siente una necesidad por encontrarse con esa presencia. No era un llamado milagroso; era un llamado anónimo de ir a humillarse ante la Gracia. Y ella va a la casa, sin invitación, a encontrarse con Él. No fue por el perdón, no fue por el liderazgo ni por el sentirse bien. Acudió a un grito del alma, dando todo lo que tenía. Fue una danza de lágrimas y entrega; un cello solitario la hubiera acompañado perfectamente, un hilo de melodía serbia cantando al corazón encontrado.
Los grandes hombres de antes hubieran dado cualquier cosa por ese momento. Moisés lo tuvo, aunque a un nivel sobrenatural. Noé, Daniel, y los profetas oyeron la voz de Dios. David conocía esa presencia. No sé de muchas cosas teológicas, pero si me dan a escoger quisiera ser aquella mujer, y que el día se repitiera una y otra vez.
Nada es tan suficiente o nos puede saciar, como la Presencia.
