Septiembre 19, 2008

Esa presencia…

Es natural que desde niño tenga en la lista de personalidades de la historia bíblica a los más sabios y los más fuertes (sí, crecí en la iglesia). David por lo de Goliat; Sansón por despiadado; Noe por el arca; Moisés por el mar y la zarza; Daniel por los leones.

Es que el poder de vencer, la fuerza de conquistar, el sentimiento de los visionarios, el impacto de ser líder de un pueblo entero, el ajusticiar por defender lo tuyo, son parte de un listado de seductores. Son marcadores de la historia en proceso, necesarios para las crónicas que leen nuestros sucesores. Para uno de hombre son parte esencial de los deseos del desarrollo nuestra hombría. Soñamos con eso desde que somos recien nacidos. Quién no quisiera ser invencible, líder o visionario…

Sin embargo, mientras más creo avanzar en el camino, empiezo a apreciar otras cosas.

 Mi capa de superman se rompe; el traje y la corbata se vencen. Mis defensas caen… Los ojos se cierran… mis 101 principios de liderazgo enmudecen y mis metas a largo plazo corren en dirección opuesta… Es que ahora sólo quisiera ser aquella mujer…

Antes que igualar a los grandes líderes, sólo quiero besar sus pies, arrodillado ante su presencia.

En silencio, arrodillarme y sin preguntar si es correcto, derramar mi alma ante los pies del Salvador. Eso hizo la mujer de Lucas 7. Hay algo detrás de esa historia. Ella siente una necesidad por encontrarse con esa presencia. No era un llamado milagroso; era un llamado anónimo de ir a humillarse ante la Gracia. Y ella va a la casa, sin invitación, a encontrarse con Él. No fue por el perdón, no fue por el liderazgo ni por el sentirse bien. Acudió a un grito del alma, dando todo lo que tenía. Fue una danza de lágrimas y entrega; un cello solitario la hubiera acompañado perfectamente, un hilo de melodía serbia cantando al corazón encontrado.

Los grandes hombres de antes hubieran dado cualquier cosa por ese momento. Moisés lo tuvo, aunque a un nivel sobrenatural. Noé, Daniel, y los profetas oyeron la voz de Dios. David conocía esa presencia. No sé de muchas cosas teológicas, pero si me dan a escoger quisiera ser aquella mujer, y que el día se repitiera una y otra vez.

Nada es tan suficiente o nos puede saciar, como la Presencia.

Junio 26, 2008

El hombre que devolvió una vida

Había una vez un hombre al que se le concedió la vida. En lugar de construir, se dedicó a cavar un hoyo. Sin sentarse a pensar en las consecuencias, siguió cavando y cavando.
A los años se dio cuenta que ya no podía salir de ese agujero profundo que el mismo había creado. Muchos amigos le dijeron lo que pasaría , pero al no escucharlos todos lo abandonaban cansados. Se empezó a sentir solo y pidió ayuda.

Algunos querían salvarlo de inmediato. Utilizaban cuerdas, escaleras y buenas voluntades. Sin embargo, las impacientes cuerdas se rompían, las planificadas escaleras no eran lo suficientemente largas y cualquier otro intento fracasaba. Con el fracaso los amigos se iban enojados.

Algunos le gritaban, ¡tonto! ¡Te lo dijimos! ¡ Sólo un perdedor no sale del hoyo! Y luego dejaban caer un costal de enseñanzas, libros de motivación y pasos a seguir para que una persona pueda salir del hoyo. Al hombre le era imposible seguir esos pasos primero porque estaba solo allá dentro, y segundo, porque ya estaba cansado de hacer las cosas solo. Al final lo abandonaban igual que las palabras.

Otro hombre, que había presenciado todo, se volvió su amigo. Éste se sentaba a la orilla del hoyo, y le contaba de su vida, de sus experiencias mientras que el hombre lo escuchaba desde dentro. Luego, éste le contaba también lo que había vivido antes de cavar y estar solo. El hombre lo escuchaba. Era la primera persona que no lo abandonaba. Así pasaron los días y las noches.

El hombre estaba impresionado que su amigo no lo había dejado.

Un día, mientras platicaban, el hombre se dio cuenta que su amigo con cada palabra que decía o escuchaba devolvía la tierra al hoyo. Poco a poco, con los años, se fue haciendo menos profundo y pudo salir. Jamás volvió a cavar un hoyo y se dedicó a escuchar a las personas.

La moraleja es que no hay moralejas. Cuando estás dentro del hoyo, lo único que te ayuda a salir es querer salir, un amigo y mucha, mucha paciencia.

Junio 12, 2008

El Dolor en estos tiempos

Últimamente he estado sintiendo demasiado dolor ajeno y personal. No sé que es, pero hay demasiado pasando alrededor. ¿No lo sientes? Algo está pasando; siento como si nos fuéramos todos por un embudo; y cada vez más todo va rápido.

Mayo 24, 2008

Alcanzar la meta es cosa de dos

Vuelvo al ejemplo de Derek Redmond, y su innolvidable expresión en la pista de atletismo. Desde la primera vez que lo vi, algo cambio dentro. Para los qué no saben de que hablo, vean el video al final.

Es que se me olvida. Se esconde dentro de la maraña de eventos, actividades e inservibles palabras. Se me escapa de las manos, justo cuando necesito tenerlo presente: no puedo por mi sólo. Es impresindible que al escribir esto se me queme en el corazón el sentimiento. No puedo sólo. Al ver el video me pongo a pensar:

La carrera, mi carrera me vence; soy como pescado fresco, que poco a poco se descompone y empiezo lentamente mi podredumbre. Caigo hasta rasparme y quebrado, en el suelo, vuelvo a recordar que duele. Duele la vida, duele el vivir, duele respirar. Hoy, me quedo tirado para que tengan lástima. Pienso las miles de razones egoistas que me hacen un buen perdedor. Demoro la responsabilidad de ser hombre.

Es increible que no pedí ser atleta. No suscribí mi nombre a una lista de competidores, sin embargo, estoy aquí. Desde el suelo veo la meta. Veo otros llegar y desaparecer al cruzarla. No puedo perderme en la pista pues cada quien tiene un carril distinto. Los jueces se acercan para decirme que ya no queda nada, que la carrera a acabado. Es en ese instante que siento una fuerza interior. Los músculos se contraen, se expanden, lloran y gritan. Es el momento de seguir, aunque duela. En silencio me levanto y empujo a quienes deciden por mí. Los veo a los ojos y pienso en llegar a la meta.

Empiezo a trotar y me doy cuenta que no puedo correr; mis piernas responden a un instinto guerrero, pero aún así, el alma cojea. Cuando siento desfallecer, un brazo me toca. Alguien se ha puesto a mi lado izquierdo. Intento empujarlo pues pienso que me quieren botar. En ese instante, una voz conocida me dice: “no tienes que probar nada…yo se quién eres.” “Debo terminar.. “-respondo. Volteo mi vista y me encuentro con esos ojos.

Me derrite, me tumba su presencia. Ahora ya no corro, ya no intento… sencillamente me dejo llevar, cargado, en sus brazos. Llora mi alma en medio de la soledad de dos. Cruzamos la meta juntos. “Ya llegamos”-me dice.

Vuelvo a recordar que sólo no puedo. Y al parecer ya no quiero estarlo.

Este es el video de Redmond:

La carrera se alcanza entre dos.

Mayo 20, 2008

Introducción al Libro

¿Quién soy en realidad? ¿Qué es la fe, la pasión, el destino, la
paciencia y el dolor, en la vida de una persona?

Estas y muchas otras preguntas se contesta a sí mismo Lucas, protagonista y narrador en la novela, mientras camina por la vida, escribiendo lo que le pasa día a día. El poder de Dios toca a su grupo de amigos y descubren la esencia de lo que creen y revelan el amor crudo de Dios. La vida da vueltas y el desenlace de la historia es como el destino: nadie se lo imagina hasta que se vuelve parte de cada uno y se acepta.

Es una novela que guía por el camino de forjar el presente, desde el principio, pasando por la ardua tarea de manejar las caídas, los
fracasos, los problemas familiares y la falta de identidad. También refuerza los conceptos sobre la función de la iglesia, el verdadero
perdón, la gracia y el auténtico alcance del amor.